Página Entidad

Bloque Principal

icono
Fuente Abajo
usted está en Recursos Culturales » Fuente Abajo

 

  

 La llegada del agua corriente a nuestro pueblo supuso un acentuado giro en la forma de organizarnos la vida cotidiana; con ello se puso fin a la búsqueda del líquido elemento en los cántaros, tinajas y depósitos que existían en casa puesto que, con el simple esfuerzo de girar un grifo, el agua corría libremente ante nuestros ojos. Esto ocurrió a partir de la década de los años ochenta del pasado siglo, pero en tiempos anteriores la situación era bien distinta ya que se hacía indispensable traerla a casa desde las fuentes públicas del pueblo, ya fuese con la ayuda de un animal o a “cuestas”, con la disposición personal que dicha labor requería; era ésta una tarea doméstica asumida generalmente por las mujeres jóvenes, aunque algunos hombres y también los niños participaban circunstancialmente en ella, razón por las que las fuentes llegaban a convertirse en un mentidero de la villa donde se charlaba sobre los más variopintos asuntos, tanto en el tiempo de espera para llenar las vasijas como en el camino de vuelta a casa, razón por la que tenía su encanto acudir a las fuentes. Todo ello, a pesar del esfuerzo que implicaba para muchas mujeres subir por las cuestas del pueblo cargando con el cubo de la colada en la mano y un cántaro en el cuadril -caso muy frecuente-, cuando no portaban otro sobre la cabeza en una difícil demostración de poderío y equilibrio, cosa que no todas podían permitirse.

Cumplir con esta obligación de acarrear agua para las necesidades domésticas requería también dedicarle un tiempo. Éste dependía de la necesidad de agua potable que cada uno tuviera en casa, pero también del caudal que proporcionaban los manantiales. Lamentablemente, en los años de sequía la generosidad de nuestras fuentes se resentía, en especial a finales de verano y antes de las primeras lluvias otoñales, como muchos recordarán todavía; entonces, o se madrugaba mucho o se corría el peligro de que se prolongaran las esperas en torno a las fuentes, llegando el caso de que algunas vecinas dejaban sus cántaros guardando “cola” junto a las paredes de la calle, dependiendo donde hiciera sombra, y se iban a otros quehaceres. Esta situación, si se repetía con frecuencia, ocasionaba quejas del vecindario hacia las autoridades con el fin de que éstas intervinieran en la mejora del suministro de agua potable; por lo que se refiere a la Fuente de Abajo                                                                                                             concretamente, ambas circunstancias se reflejan sin ambages en las actas del Ayuntamiento a lo largo de los siglos XIX y XX.

 

 


 

 

Manuel López Fernández

 

Bloque Segundo

Facebook